Un jueves de invierno de no me acuerdo el año, en la esquina de Bolívar y Garay. Pedi un"negroni, pero especial". El primer sorbo fue puro Campari; el segundo ya se abrió a algo herbal, casi a monte. Ni sé cuanto demore en beberlo. Más que un trago, fue una excusa para perderme en un elixir de aromas y sabores sin tiempo.
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